No abrirle las puertas de mi castillo de arena a ningún conocido.
Susurrar pequeños sueños al odio de la desinformación.
Aguantar el aire durante una milésima de segundo para que se escape nuestro autocontrol.
Restar las alegrías, sumar mandarinas.
Olvidar lo vivido para compartirlo con nadie.
Buscar ente los contenedores restos de juguetes para entretenerme mientras recorres los pasillos de tu propia melancolía.
Romper la etiqueta con los dientes, guardarla en el bolsillo por si acaso.
Disparar a quemarropa contra quien te enseño a vivir.
Molestar los silencios con risas de nerviosismo.
Acurrucarse entre el calor de la mañana.
Gritar para guardar la compostura.
Ilusionarse con la breve brisa de tu no ausencia.
Sentir pena por aquellos a quienes envidias.
Odiar, pero sólo un poquito, las mentiras piadosas.
Regalar virutas de humildad a quien envuelve el bombón con papel dorado.
Marcar la línea del tiempo con anhelos que carecen de importancia.
Cubrirme la cabeza al dormir para proteger lo aprendido.
Interiorizar la parte animal de una gelatina de limón.
Volar con el único objetivo de aterrizar forzosamente.
Humedecer el borde del papel con la lengua.
Visualizar y visualizar.
Desperdiciar los mejores años de tu vida siendo feliz.
Querer que un triángulo encaje en un círculo.
Cuidar las debilidades ajenas.
Encargarse de la legalidad del tráfico de humo.
Hacer una llamada de socorro desde tu sofá.
Exprimir un limón con todas tus fuerzas aun sabiendo que el agrio zumo te salpicará en los ojos.
Idealizar un incendio entre tus piernas, reavivarlo con gas de la risa.
Hundirme en el barro, elevarme al cubo.
Estar como una cabra, tirar siempre al monte.

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