Después de haberlas comido me empieza a costar respirar y parece como si la avellana pretendiese salir por donde entró, eso sí, entera. Comienza a dolerme el pecho, un dolor seco y profundo, empiezo a encontrarme mal e intento vomitarla pero nada, bebo y bebo agua pero esa sensación no se va, vuelvo a beber pero sólo consigo ponerme mas nervioso. Termino por darme por vencido sabiendo que todo pasará en un momento y sin ninguna consecuencia. Eso si, me quedo con la incomoda y dolorosa experiencia y con las sensación de impotencia que la acompaña. No quiero mas avellanas pero si una se cruza en mi camino la volveré a comer y volverá la extraña sensación. Me gustan las avellanas y sé que me sientan mal, es mas, yo no las pido pero la veo y se me apetece. Es la avellana con su piel tostada, tan pequeñita y apetecible la que me dice con su débil aroma:
¡Cómeme, Cómeme!
En realidad la avellana es cruel, me atrae hasta que pasa por mi garganta pero nunca me deja completar la experiencia, no permite que la disfrute en su totalidad, hasta el punto que no quiera volver a saber de ella y quiera vomitarla. Seguramente la avellana me haga esto porque sabe que aunque una y otra vez haga quedarme sin respiración siempre vuelve a apetecerme. La tentación es superior. Lo que tengo claro es que prefiero otros frutos secos y que no quiero mas avellanas, pero si se presenta una , no digo que no.
No hay comentarios:
Publicar un comentario